sábado, 12 de diciembre de 2015

¿VAMOS A DORMIR? - RELATO ERÓTICO

¿Alguien se ha creído alguna vez eso de “sólo dormir juntos”? Cuando el deseo apremia no hay cansancio que pueda interponerse.


No me gustan los rollos de una noche y, por ello, siempre he tratado de evitarlos. Bueno, excepto aquella vez en la que, sin planearlo, se coló un chico (¡y qué chico!) en mi cama. Desde aquello, continúan sin gustarme, aunque tengo que reconocer que me resulta imposible asegurar que de esta agua no beberé (otra vez).

Era viernes y quedé con mis amigas en el mismo bar y a la misma hora de siempre. Entré y aún no había demasiada gente; me fijé en un chico que también parecía estar esperando a alguien. Me apoyé en la mesa de al lado y me puse a trastear con el móvil. Entonces, llegaron ellas junto a otro chico, al que me presentaron y que resultó ser el primo del primero.

Una vez todos conocidos y presentados, comenzamos con los chupitos, las copas y las risas. El chaval era bastante atractivo, aunque su estilo no pegaba mucho conmigo. Era rubio con ojos claros y llevaba un look con tupé y una camiseta sin mangas. Un moderno, vamos. Además, era unos años más pequeño yo y con unas inquietudes bastante diferentes a las mías. A su favor, decir que era muy espontáneo y que le gustaba hablar, como a mí.

Mis amigas estuvieron contemplando al primo toda la noche, un especialista de cine y bastante subidito, por lo que parecía que tenía libre con el “mío”. Cuando nos movimos a otro bar un poco más animado, una cosa llevó a la otra y acabamos liándonos. El chico besaba estupendamente y olía aún mejor. Por lo que pude palpar en aquel pub, estaba durito.

Nos fuimos a un rincón para magrearnos a gusto. Su polla estaba erecta y la acaricié un poco por encima de sus pantalones, provocando que el chico se excitara y tratara de meter su mano en mis braguitas en aquella esquina.

La noche llegaba a su fin y todos hablaron de irse. El chico insistió en acompañarme a casa, aunque estuviera en dirección opuesta a la suya y, sobre todo, aunque yo ya le había hecho saber que no le invitaría a subir. En el camino, íbamos intercambiando besos con sugerencias de dormir juntos.

– Solo dormir, ¿vale? En unas horas tengo que irme a trabajar y tu casa está mucho más cerca de mi curro-, me decía.

Mis rotundas negativas, con su insistencia, acabaron suavizándose y, tras hacerle prometer que “solo dormiríamos”, acabé subiéndolo a casa.

Una vez en la habitación, él se desvistió y se metió en la cama. ¡Qué cuerpazo tenía! Yo fui tras él, dudosa de si ponerme el pijama o, hacer como él, y dormir en ropa interior. Finalmente, adopté una solución intermedia.

Nos hundimos bajo el nórdico y nos tumbamos de costado, cara a cara. Solo me acarició la espalda, sin decir nada, y llevó mi cuerpo hacia el suyo, hasta que apenas un milímetro separara nuestras bocas. Volví a sentir su erección apretándose contra mí.

Yo también comencé a acariciarle, primero sus brazos, luego su tersa tripa, hasta que rocé su polla dura y me puse cachondísima. Por supuesto, él se dio cuenta y acercó sus labios a los míos y empezamos a besarnos, entrando en una espiral sin retorno.

Rodeé su cuerpo con mis piernas y noté cómo su pene apuntaba directamente a mi sexo. Me bajé las bragas y me aferré a sus calzoncillos, mientras mi clítoris empezaba a hincharse.

Su lengua devoró mi cuello y, posteriormente, se encaminó hacia mis pechos; sus dientes tiraban delicadamente de mis pezones y yo entrelazaba los dedos en su pelo engominado.

Alcancé un condón y lo inserté en su pene, mientras lo rozaba con mis tetas aposta. Nos volvimos a tumbar de costado, puse una pierna sobre su cadera y nos sumergimos en un sexo lento y acompasado, frente a frente.

Luego se puso sobre mí y me penetró con más dureza, hasta que su energía se convirtió en líquido y llenó todo el preservativo.

Después de un rato abrazados y bromeando sobre sus intenciones ocultas en aquella proposición de “solo dormir”, finalmente, nos venció el sueño.

A la mañana siguiente, se levantó temprano para irse a trabajar y lo acompañé hasta la puerta. Ninguno sugirió quedar otro día; ninguno pidió el móvil al otro. ¿Lo volvería a ver?

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